gran capador del curueño

2022-09-16 21:22:33 By : Ms. Jane Song

Germán recibió la cuchilla de capar gochos de uno de su pueblo, y a ese se la había regalado el tío Joselón de La Matica poco antes de recibir un balazo extraviado durante la guerra, cuando andaba haciendo puerto para echar el agua a unos praos. La proximidad de los montes donde se parapetaban los de la bandera tricolor y la testaruda persistencia de lo cotidiano producían escenas chocantes como la del pasaje del tren hullero agachándose temeroso al navegar los vagones entre las líneas contrarias —en cualquier momento se les venía encima la ensalada de tiros— o los paisanicos aligerando con las hoces en las campas («¡venga, daros prisa a segar!», se escuchaba), impensable dejar la labor en un tiempo en el que el sustento no podía salir de ninguna otra parte.

Germán Morán Álvarez, de chaval, se subía al Montico con otros guajes y desde allí observaba cómo tiraban con cañón y arrasaban las posiciones republicanas, inconscientes y maravillados. «El Collao de La Mata lo araron entero», dice este hombre nacido en Ranedo de Curueño en 1924, de padre labrador y después minero en Matallana que por casa sólo aparecía los sábados. «Después, cuando empezó la guerra, agarró miedo y volvió, porque le caían las bombas encima y tenía que esconderse debajo de los puentes», explica Germán, andarín y parlador, de envidiable vitalidad a sus noventa años y quien aún viera en Ranedo un par de casas techadas de cuelmos de centeno, el hogar en el medio, las pregancias sosteniendo el pote, menudos cambios.

La chiquillería escuchaba historias y las retenía en sus caletres, como la de aquel maestro a quien buscaban por sus ideas de izquierda y que emprendió con su hija pequeña, andando, viaje a León, donde ya tenía viviendo a otra, y dormían por las fincas y pasarían todo tipo de penurias. «La niña llegó a León, él no», susurra Germán. «Fue todo un desastre, se denunciaban por venganzas, por malos quereres», dictamina, y extrae sucedidos como la de aquella chica joven de La Vecilla a quien sacaron los falangistas «pa lo bajero del monte aquel —señala—, y la mataron a tiros» o la de ese maqui que, herido en una emboscada, «se metió en la misma vía y allí se disparó con la pistola». Pero ‘los del monte’, como llama a los fugados, eran por esta zona razonablemente pacíficos y hasta uno de ellos, de buena entrañas y apodado Jacintón, «nos ayudaba a la yerba y merendábamos con él». «De todas maneras, las dos partes lo hicieron mal, muy mal, porque mira los otros, prender los pueblos de la montaña al retirarse, ¡qué barbaridad!», resopla.

El pequeño Germán veía a su padre guardar casi quinientos kilos de patatas en la cuadra, «con bien de tierra encima», porque casi toda la producción había que entregarla a las autoridades, «o en un arca, de meseta para los pesebres, ahí no se les ocurría mirar», guiña este hombre que en un determinado momento decide confesarse —«cagüen la mar, esto no lo había contado nunca»—: «De chaval yo quería haberme ido con los rojos...», de la misma forma en que lo había hecho algún otro mozo de su pueblo antes que él, pero al final se quedó para comprobar cómo la escuela se interrumpía cada dos por tres («estaba empezando a dividir y no terminé… aún hoy me cuesta») y luego, a los 14 años, quedar suelto como un perrillo.

Sus destinos como obrerín, pinche y criado fueron variopintos, y aunque primero estuvo de motril en La Matica sus destinos lo ligaron sobre todo a las riberas bajas: en un enorme plantío de tres mil chopos, entre Vega de Infanzones y Ardón, viviendo en unas casetas de tabla y durmiendo sobre sacos rellenos de paja, aprendió a atender la caldera de vapor que accionaba una gran sierra mecánica. Después vivió en un palacio, el de Toral de los Guzmanes, el único de tapial de toda España —«las paredes, de barro, tenían un metro de espesor»—, entonces medio arruinado («era bodegas, almacén, allí metía el boticario su alfalfa, bueno, esas cosas») y donde con otros mozos echaba bajo treintenas de pichones entre polvo y cagarrutas.

También anduvo sirviendo en San Pedro de las Dueñas y en Galleguillos, y a los 18 años le llegó el turno de cumplir servicio militar: le tocó Sallent de Gállego, el pleno Pirineo de Huesca. «¡Aquí se acaba el mundo!», se dijo nada más llegar a aquel valle profundamente encajado a pocos kilómetros de la frontera. Y lo que más recuerda de aquella etapa son los parapetos que debían construir por toda la zona, macizos nidos de hormigón con mirilla para el disparo, algunos a sólo cien metros de las casas. «Todo, del miedo que tenía Franco cuando acabó la guerra mundial, por si entraban aquí a echarlo», aclara.

A su regreso se dedicó a la albañilería y a comprar y vender ganado, buenos jatos a diez duros por cabeza, pero lo que le dio fama fue la excelsa maña que se daba en la capación de gochos (sólo se le murió uno pero era porque estaba esfamiao), y para esa labor era precisado en toda la comarca. «Bueno, y también puse muchas inyecciones, ¿eh? a vacas, a cerdos, a niños, a personas…». Y a las dos cosas aprendió de igual manera. «Sí, aquel paisano me decía: ‘Tú pincha ahí sin miedo, coño’».

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